DESAFIO A LA AUTORIDAD EN DOS
NOVELAS DE MANUEL PUIG:
BOQUITAS
PINTADAS Y LA TRAICION DE RITA HAYWORTH
Viviana Gimenez
Purdue University
En este trabajo quisiera analizar el desafío a la
autoridad en dos novelas de Manuel Puig: La
traición de Rita Hayworth y Boquitas
pintadas. Esta actitud se traduce
en una ausencia de "autoría," una búsqueda de la figura paterna y una
rebelión contra lo masculino, que solía imponer su autoridad por medio de
formas de actuar extremadamente machistas.
Esta rebelión también la está ejerciendo como representante de la
llamada "generación perdida," ya que reacciona contra el sistema de
autoritarismo que le tocó vivir a nivel microcosmos (familia y pueblo) y
también como ciudadano de país latinoamericano tan castigado por golpes
militares y sistemas políticos totalitarios que exigían la sumisión y el
silencio de sus gobernados.
Pasemos entonces a ver el modo en que Puig desafía
ciertas autoridades a diferentes niveles:
a) Nivel de lengua
b) Técnicas narrativas
c) "Materia prima"
d) Autoridad paterna o masculina
Observemos un poco el porqué del desafío puigiano a
nivel lenguaje, y cómo se imbrica en la obra constituyendo una característica
recurrente.
Puig no es el primero ni el último en echar mano al
"idioma" de los argentinos, pero en su caso recurrir a él es admitir
sin tapujos el sentirse incapaz de manejar un español más
"literario." Su desaparición
como narrador está estrechamente ligada a la no aceptación de la autoridad
suprema de la lengua castiza. Puig
mismo reconoce su falta de preparación, de educación formal, de suficiente "background" literario. De haberse presentado en sus libros como
autor tradicional no le habría quedado otra alternativa que recurrir al
"puro" idioma que no manejaba y con el cual, por otra parte, se
hubiera sentido incómodo. Tampoco
hubiera podido reflejar con él las historias de la gente que se proponía
retratar, ya que ellas tampoco "vivían" ese idioma puro. Al reflejar en forma directa sus monólogos,
diálogos y cartas, no es el escritor, quien desaparece, sino sus personajes los
que hablan, por lo que queda totalmente disculpado por los errores que ellos puedan cometer.
Por años (y aún hoy en algunos círculos literarios y
académicos) el idioma español regido tiránicamente por la Real Academia
Española se había constituido en el único medio posible para comunicar
"buena" literatura. Ésto
alejó durante un tiempo a Puig de la creación literaria. Al iniciarse en ella, recurre a técnicas en
las que se escuda detrás de cartas, agendas, recortes de periódicos. Los personajes que así se expresan no
necesitan conocer ni respetar reglas idiomáticas. Algunos, sin embargo, buscan en cierta forma mantener una
determinada lógica o cuidarse de no cometer errores gramaticales (en Boquitas Pintadas el mito de la
corrección gramatical como sinónimo de lo "presentable" está
encarnado por el enfermo de la habitación 14).
En su estilo y errores, en sus temas recurrentes y obsesiones, iremos
perfilando los caracteres de los personajes, ya que con la ausencia del autor
debemos resignarnos a no contar con descripciones o penetraciones psicológicas
(al menos, no con aquellas "confiables" de un autor, sino sólo con
las de otros personajes).
Puig nos presenta a una primera generación de
argentinos que tuvieron que "inventarse" un lenguaje. Para algunos, el castizo de sus padres era
irreal en el contexto en el que se comunicaban, y para otros el italiano era un
idioma del que podían, cuanto mucho, tomar algunas palabras, pero era necesario
tener un lenguaje que se diferenciase de ambos. Por otro lado, estaban los subtítulos de las películas y las
malas traducciones de las novelas, que por no ser realizadas en el país también
constituían una lengua ajena. Esta
"melange" de fuentes se refleja en el lenguaje que estas dos novelas
reproducen.
Puig admite el odio que una vez sintió hacia el
castellano. Para él se trataba del idioma del subdesarrollo, dado que era el
lenguaje de los personajes alienados a los que él, en su reducido círculo
durante su infancia, tenía acceso. El
inglés, en cambio, le producía fascinación: era el idioma de las películas
hollywoodenses, de la fastuosidad, del mundo que poco a poco para él comenzó a
situarse en una categoría superior al real, ya que éste le resultaba demasiado
duro para aceptarlo como tal.
Cuando después de mucho rechazar el castellano, un día
se ve enfrentado a él y debe intentar moldearlo para que se convierta en
instrumento de trabajo, siente que lo sobrepasa. Recién va a resultar material trabajable cuando se deja guiar
simplemente por esas voces de la infancia que le llegan y que él simplemente
comienza a registrar en su impureza.
Reconstruye voces alguna vez escuchadas (técnica diferente a la de
"grabador," que reproduce fielmente lo dicho). El realismo de este habla no deja de ser una
convención, ya que el autor, aunque escondido, maneja los hilos de la narrativa
y agrega material para enlazar sus recuerdos.
Notamos que en los diferentes personajes emergen voces
de distintos códigos:
a) código religioso (valoraciones morales)
b) código del cine (valoraciones estéticas)
c) código de la "subliteratura'
d) código de la radio (radionovelas y comerciales)
e) código social, expresado en frases
sociales hechas, basadas muchas veces en mitos, supersticiones, creencias de
diversos orígenes, muchas de ellas difíciles de rastrear.
Bajtín habló de la novela polifónica, desmitificando
así el concepto de autor como mensajero de una voz única y original. Según Bajtín, casi todas las novelas pueden
ser consideradas polifónicas; en ellas se observa una mezcla de voces en un
mismo nivel. Estas voces, por otra
parte, son portadoras de una ideología, que para él es una forma de percibir la
realidad a través del modo de pensar.
Por ende, no existen discursos propios: la novela se torna
dialógica. En algunos casos, se puede
rastrear el origen de lo dicho; en otros, este origen se pierde, por lo tanto
su autoridad y de allí su confiabilidad.
En ambas novelas aparecen estas voces de distintos
códigos. Por la formación típica del
latinoamericano, el código social y religioso están íntimamente ligados. Tomemos Boquitas
Pintadas. Vemos que en las cartas los personajes no tienen un vocabulario
propio sino que echan mano a frases sociales hechas. Nené, en su primera carta a la madre de Juan Carlos, expresa
"su más sentido pésame" y desea "que en paz descanse"
(10). Al hablar de sus hijos, espera
"que Dios me los conserve" (l3); "a Dios gracias" tiene un
marido de conducta "intachable" ya que "no me hace faltar
nada" (31). Se observa en estas
frases hechas la conexión con el código religioso. Con respecto a éste, podemos destacar que se evidencian en
repetidas ocasiones el temor a la cremación, la preocupación por una muerte sin
última confesión (11,13), y todo porque "el catecismo dice. . . .
" Pese a los temores y fantasmas
de esa religión amenazadora (diluvio universal, gloria del cielo, juicio final,
como vemos en las páginas 13 y 30 en La
traición de Rita Hayworth), los rezos se suspenden durante el momento en
que no se los necesita ("Yo hacía tiempo que no rezaba," dice Nené en
la página 12).
En La tración de
Rita Hayworth hay referencias acerca de la religión por parte de varios
personajes, aunque algunos se muestran más obsesionados que otros. Toto está impresionado por la descripción
del fin del mundo, y emitirá conceptos teñidos de palabras ya dichas por las
monjas ("una lluvia de gotas de fuego," "la Iglesia. . . estará
cerrada con llave y pasador, el Padre y las Hermanas serán los primeros que se
presentarán a Dios para el juicio final"). Teté habla de que "hay que rezar con el corazón dolorido, el
dolor de Jesús crucificado," porque es así como "decía la Hermana
Anta;" Paquita está preocupada por
lo que ha hecho, ya que para la "verdad" de la Iglesia es
"pecado mortal." Y piensa:
"Dios está en todas partes y todo lo ve."
Encontramos que el código del cine juega un papel
preponderante. El cine constituye el
ideal de belleza y perfección. El
"mayor deseo" de Mabel era
"ver entrar . . . a Robert Taylor, o en su defecto a Tyrone Power, con un
ramo de rosas rojas . . ." (132 en Boquitas
pintadas). En La traición de Rita Hayworth, Toto verá su mundo rondar en torno a
"las cintas" ("más lindo que todo son las cintas," dice en
página 76). Constituye su pasatiempo:
"pongo en letras grandes Alice Faye" (74). Su escala de valoración estética: "cara blanca de
artista," "cara de cintas."
Sus sueños: "si fuera artista haría que se casa con Luisa Rainer en
"El gran Ziegfield," y su conducta: "y el Toto . . . con el dedo
como los artistas cuando echan a alguien, que un poco de imitación de alguna
película estaba haciendo" (205).
Otra voz es la de la "subliteratura" (y
otras manifestaciones "subculturales" como el tango, por ejemplo, que
Puig reivindica al considerarlas materia prima y trabajarlas
originalmente). En La traición de Rita Hayworth, Cobito emplea lenguaje de
historietas: "van a aprender lo que es traicionar a Joe el
implacable" (212), y Esther recurre a las novelas rosas: "una pena
que no es honda pero es pena quiere anidar en mi pecho" (236).
El tango juega un papel más importante en Boquitas pintadas, donde desde los
epígrafes se van planteando expectativas que terminan no cumpliéndose; también
se filtra en los monólogos interiores: "fue mi obsesión el tango de aquel
día" (162). Pero también se ve en La traición de Rita Hayworth: "para
que el pueblo se eduque escuchando cómo el compadrito le dio una puñalada a la
negra de al lado"(293), como también el bolero ("Nosotros," en
página 108). En esta misma obra vemos
que en Héctor se confunde el comentarista deportivo: "¡gol, gol, señores!
¡gol de centrojá! en brillante jugada
. . . "(173), y la radionovela interrumpe y a la vez salva del
diálogo a Mabel y Nené en Boquitas
pintadas: "Pierre, soy yo, no temas" (191).
Como vemos, estas voces aparentemente particulares de
los personajes de Puig no son sino ecos de otras voces de diferentes medios; se
acentúa así el deseo de anonimato, la falta de autoridad. Hay una desmitificación del narrador
omnisciente que domina el texto, lo paternaliza y ve más allá de todos
nosotros. Puig sólo se evidencia como
narrador, en estas obras, en la puesta de títulos y la ordenación cronológica. Los testimonios se presentan sin
intermediario que los purifique: de la boca al texto, de la carta a la página,
del teléfono al libro directamente.
En Boquitas pintadas, si bien en un momento aparece, lo hace sólo en
un recuento objetivo de acontecimientos.
La desaparición del autor y la mezcla de voces nos
hace pensar en un paralelismo con las películas hollywoodenses de la década del
cuarenta, conocidas como la Serie B: se trataba de cintas producidas por
encargo, totalmente comerciales, en las que el ritmo de rodaje vertiginoso no
daba tiempo a elaborar libretos memorables y que eran más bien una "melange"
de citas, lugares comunes, diálogos previsibles. El nombre del autor no importaba. Se copiaban géneros (como el policial o el melodrama),
constituyéndose así en un "cine menor," del que se vale Puig en sus
novelas. No por casualidad, ya que
tanto sus personajes como los de dichos filmes utilizan un lenguaje no
propio. Puig está parodiando esas series, pero su tono y su técnica es lo
que lo salva de no caer en la novela rosa, mientras que el humor es lo que lo
rescata de lo sórdido.
Puig ha recibido el nombre de "crítico de la
alienación contemporánea," por recurrir a códigos sociales sistematizados
y géneros masivos, por producir un estilo como discurso "seriado" más
que como enunciación individualizada. Ahora bien: ¿qué función están cumpliendo
estas expresiones no originales, estas copias inconscientes de lo ya
dicho? Las obras de Puig están plagadas
de personajes muy afectos a la conversación.
Sin embargo, ¿qué es lo que realmente están comunicando? Muy poco.
Hablan para no hablar. El recurrir
a la oralidad no implica lograr una real interacción. Esa apariencia de diálogo que constituye el intercambio de
lugares comunes está en realidad ocultando el vértigo al verdadero diálogo en
el que se diga algo. Se teme al
enfrentamiento que obligue a la verdad.
Lo vemos cuando los personajes se manifiestan de un modo determinado en
presencia de otros, mientras que sus pensamientos o diarios íntimos revelan
otra realidad.
David Gallagher, en una crítica sobre Boquitas pintadas (novela que aparece con
el subtítulo de "Folletín") realizada en el New York Time Book Review,
dice que Puig hace con el folletín lo que Borges logra con el género policial:
ambos toman géneros gastados, regidos por reglas estrictas que el lector
entrenado conoce y espera, y los invierten totalmente. Puig no quiere estar sujeto a una autoridad
que le dicte las normas bajo las que su escritura debe darse. Por ello subvierte las reglas del juego y
parodia el género, hiperbolizando algunas características e invirtiendo otras,
como por ejemplo, el final feliz (destruye en Boquitas Pintadas las expectativas creadas por los epígrafes).
Observemos un poco los testimonios que toma Puig para
ir encadenando su narrativa. ¿Cuáles
son las funciones que cumplen estas cartas, estos diarios? Tanto el diario como la carta son una
confesión a solas, ambos tienen la ventaja de ser elaborados en distensión y
con tiempo para la retractación, para la corrección, con la diferencia de que
la última es intencionalmente escrita para ser leída por otro. Los dos testimonios, sin embargo, pretenden
reflejar una realidad, aunque la carta puede estar conscientemente brindando
una visión distorsionada de los hechos.
Al presentarnos por un lado la carta, y, en un nivel paralelo, un
diálogo, mientras que por otro nos muestra el diario o el pensamiento interior
(lo no dicho en el diálogo), Puig nos va dando dos versiones de un mismo
hecho. Y la no presencia del autor
ayuda a que la lectura no se vea influida por el juicio omnisciente de quien ve
más allá. Se presenta, y no se
juzga. La autoridad se pierde, y es el
lector quien va a encontrarla, quien decidirá hacerse cargo de ella al
establecer jerarquías entre los personajes o decidir cuál es la verdadera
historia.
Con los testimonios que Puig nos ofrece, podemos ir
tejiendo dos historias (por lo menos) del mismo pueblo, dos versiones de un
mismo hecho. Estas dos versiones de una
misma historia nos remiten al caso concreto de la historia nacional, donde la
versión oficial durante años silenció historias subterráneas, escondidas,
mientras que el autoritarismo (que hizo a Puig dejar el país) imponía una
verdad indiscutible. Puig empieza a
escribir en la década del sesenta, pero retrotrayendo a sus personajes a la
década del cuarenta y del cincuenta. En
ese entonces, la Argentina "invisible" estaba surgiendo, las voces
acalladas durante tanto tiempo, debido a la marginación social, se empiezan a
hacer oír ahora gracias al liderazgo de un hombre que, muy pronto, se convirtió
en una figura dictatorial él mismo, encarnando un autoritarismo con el que Puig
no podía comulgar. Encontramos ejemplos
del surgimiento de este movimiento en La
traición de Rita Hayworth, en el discurso de Esther. En Boquitas
pintadas los personajes son todavía inocentes de la historia que vendrá,
pero de ninguna manera lo es Puig detrás de ellos, y evidentemente su tono sabe
más. Se nos presenta así un doble juego
de realidades, por lo que tenemos, por una parte, los tangos, comerciales,
novelas y filmes (todos ellos reproducciones, no hay nada original), como
oponiéndose a la realidad cotidiana de Vallejos, y sirviéndoles de escapatoria
a sus habitantes. Por otro lado, están
los diarios, agendas, discursos, versus cartas y pensamientos (lo que se hace
versus lo que se dice). Si tomamos el
microcosmos del pueblo, tenemos la realidad enfrentada a los chismes, y elevado
a nivel nacional, una historia oficial (la Argentina visible) versus historias
subterráneas (la Argentina invisible).
Pasemos a cómo se desarrolla la idea de autoridad masculina. La línea de lo masculino se va dando en lo concreto y tangible. En La
traición de Rita Hayworth el hombre "toca" (obsesión de Héctor,
testimonios de las mujeres suelen incluir esta idea), quiere
"masticar" algo grueso (Berto, la carne; el antropólogo del relato de
Herminia, la madera); no es deslumbrado por la imagen. La esencia de lo femenino se pone de
manifiesto en la pasión por el cine (que Toto con sus características femeninas
comparte, y que apreciamos también en los sueños de las mujeres de Boquitas
pintadas). Hay toda una escala de
valores de belleza y perfección que pasa por la imagen cinematográfica
("cara blanca de artista," como suele decir Toto).
La mujer es la voz, vemos la oralidad como
representativa de una expresión que el hombre pretende acallar cuando puede
imponer su autoridad (en La traición de
Rita Hayworth, durante la siesta).
Pero hay ocasiones en que la oralidad femenina se presenta en forma tan
apabullante que la voz masculina se ahoga (Capítulo 1). En otras, el hombre se convierte en un mudo
testigo, es un espía que calla (Berto escuchando la conversación entre su
esposa y la hermana).
Esta autoridad paterna que pide silencio, si bien
consigue acallar la voz, no logra hacer lo mismo con la expresión, que se
manifestará durante esa hora de la siesta por medio de la escritura. Y esa no presencia paterna despertará, por
un lado, una vocación, al obligar a un cambio de vía de expresión; por otro,
desviará la orientación sexual hacia el modelo femenino.
La ausencia inicial del padre en La tración de Rita Hayworth llevará a una búsqueda de la figura paterna que recién aparecerá en el
último capítulo, no muy reivindicada por cierto. La novela fue para Puig una forma de encontrar respuesta a esa
búsqueda durante mucho tiempo infructuosa.
En ese último capítulo, sin embargo, si bien se produce un encuentro
entre lector y padre, no se verifica un
encuentro real de padre e hijo.
Los encuentros, podría decirse, se dan en cruz: el autor encuentra al
hijo en el sentido de que a él la novela le ha significado un autoanálisis de
su niñez. Y el lector, hacia el final
de la obra, tiene acceso a un texto del padre, y en ningún momento satisfacerá
la expectativa de llegar al autor.
Si vamos a la imagen masculina con la que Toto/Puig se
cría, encontramos un ideal físicamente bello.
En Juan Carlos (Boquitas pintadas)
y en Berto vemos a los hombres que, en forma respectiva, ejercen con despotismo
su autoridad y su fuerza sobre la mujer o sobre otros hombres más débiles y
sensibles que terminan perfilándose como figura femenina. El personaje de Toto se va tornando cada vez
más femenino como reacción a lo que la masculinidad era en su época (un
machismo exagerado). "Los hombres
no lloran," "siempre prefiere esconderse entre las polleras de su
madre," y otros conceptos nos van confirmando esta pauta. Las mujeres también emiten enunciados
machistas y han sido educadas para unir sus vidas al prototipo del macho (sueño
de Herminia en La traición de Rita Hayworth).
Los modelos masculinos con los que cuenta Toto no son
admirables. La ley paterna se presenta
como lo idealizado, pero a su vez se presentan dicotomías, vacilaciones, lo que
la hace ineficaz y resulta en una pérdida de ese modelo ideal. En mayor escala, vemos la dualidad en la
autoridad de Dios, que Toto explica mediante una película sobre un señor feudal. Por medio de esta historia proyecta su
propio descreimiento y su desconfianza en la autoridad y las razones que lo
conducen a tal concepción de las cosas.
No parte de su propio caso, sino que debe escudarse una vez más en una
cinta para expresar una idea. El
explicarla de otro modo (basándose en su propia experiencia de la figura
paterna) lo llevaría a ahondar en su vida.
En la discusión que mantiene con Herminia observamos la debilidad del
argumento autoritario, la falta de base sólida. Toto/Puig recién se enfrenta al análisis profundo de sí mismo al decidir escribir la novela
(que emprende para encontrarle una respuesta al fracaso de su vida). Valiéndose una vez más de películas, Toto dirá que a su padre "le gusta
cuando Rita Hayworth le hace toro, toro a Tyron Power," y él se queda como
un "bobo." En ese papel ve
Toto a su padre, mientras que su madre es la que mueve los hilos, toma
decisiones, y termina ocupando terreno que correspondería a la autoridad
paterna.
A lo largo de La
tración de Rita Hayworth vemos apariciones subrepticias del padre, y en la
carta final hará oír su voz por primera vez, presentándonos la revelación de su
empequeñecimiento. Mita, su mujer, es
el estudio, el saber, que a él le fue negado por una arbitraria ley paternal,
en este caso ejercida por su hermano, que ocupaba el rol de padre. Y al ser este estudio de ella una vía para
conseguir un buen trabajo, se transforma así en el sostén, relegando totalmente
el poder que le hubiera quedado a Berto.
Porque, como vemos en otros casos de otras parejas de esta novela,
aunque el marido fuera simplemente "un bruto" (Herminia), la
autoridad le pertenecía por tener el poder del sustento familiar. En Boquitas
pintadas, para Nené lo importante es que su marido "no le hace faltar
nada." Pero Berto no puede
recurrir ni a eso, y su impotencia y resentimientos se ven expresados en la
carta final; que, en realidad, pertenece cronológicamente al principio. Pero si quizás se presenta al final es
porque la explicación, las razones del relegamiento y la rabia, fueron la
iluminación que se dio como resultado de un proceso largo e intrincado, que
llevó su tiempo e indagaciones, e impulsó a escribir la novela.
El hombre permanece callado a lo largo de la novela:
Héctor, el ideal de Herminia; Berto, quien calla cuando escucha a escondidas
una conversación. Si bien en algunos
casos tenemos sus monólogos interiores, vemos que en su interacción social no
hacen oír su voz: la oralidad se presenta como característica principalmente
femenina. Toto se nos muestra como una
pura oralidad ("charlatán," "alcahuete"); imagina, fabula,
llora como una mujer, la realidad lo oprime y busca modos de evadirse (al serle
impuesto el silencio de la hora de la siesta, escribe, dibuja, imagina). Se convierte en un transgresor de leyes
rebelándose en forma no violenta. El
círculo de la narración (el hecho de
contar películas) une el vínculo con su
madre y agiganta la distancia con su padre.
Vemos entonces en este análisis cómo Puig recurre a
diversas técnicas para destruir el mito de la autoridad del escritor, del valor
de la originalidad de lo dicho. Sus
novelas están compuestas de voces provenientes de diferentes códigos que
constituyen el bagaje cultural de un grupo de clase media de pueblo, de los
años cuarenta y cincuenta, en la Argentina.
Sus técnicas, su manejo de la materia prima que es toda esa cultura
popular es lo que lo hace original, lo que lo eleva más allá de un narrador de
meras anécdotas. Y su sensibilidad, que
le hizo cuestionarse tantas cosas y rechazar toda forma de autoritarismo.
Obras citadas
Gallagher, David. "Heartbreak Tango." New
York Times Book Review. 16
Dic. 1973: 14
Puig, Manuel. Boquitas Pintadas
Buenos Aires:Editorial Sudamericana, 1970.
Puig, Manuel. La Traición de Rita
Hayworth. Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1970.