La Urbanidad Modernista En La Narrativa Finisecular

De Carlos Maria Ocantos

 

Raúl Ianes

Miami University of Ohio

 

Carlos María Ocantos escribe novelas absolutamente españolas cuyo argumento se desarrolla en Buenos Aires.

(Rubén Darío)1

 

         Como[1] respondiendo al dictum de Darío, cuando casi al pasar el vate modernista sentenció que las Novelas argentinas de Carlos María Ocantos (1860–1949) nada tenían precisamente de “argentinas” o, para citar de manera más exacta, que de nacionales las novelas de Ocantos sólo podían reclamar el supuesto lugar donde planteaban su acción, la historiografía literaria argentina—y por extensión la hispanoamericana—sólo se ha permitido conceder a la narrativa de este prolífico escritor-diplomático una eventual y exigua mención, una fugaz referencia “de diccionario” que sólo en muy contadas ocasiones trasciende los márgenes y la parca meta informativa del tono enciclopédico. Sucede entonces que, casi paradójicamente, esa circunstancia hace que destaque como insólita y hasta curiosa la atención que en el campo de la crítica actual pueda cobrar para algún investigador cierta etapa de la maratónica y hoy olvidada trayectoria novelística de Ocantos. Es claro que entre los textos ocantianos ello sucede casi siempre—y por comprensibles razones—con Quilito (1891), el segundo título de la serie de Novelas argentinas y novela que paralelamente se inscribe en el llamado “ciclo de La Bolsa” de la novelística argentina de los 90. En estas circunstancias resaltan así las conexiones de esa lograda obra de Ocantos con el panorama generacional y el interés temático-ideológico de la narrativa de ese ciclo, evidenciando la articulación de Quilito con las líneas tanto epistemológicas como estéticas del natura­lismo zoliano que en el panorama local caracterizan la narrativa posterior a la de la generación del 80. Es así como—valga el ejemplo reciente—en Julián Martel y la novela naturalista argentina (1997) el crítico español Carlos Javier Morales dedica considerable espacio a Quilito, resaltando que en el panorama de la literatura argentina de los 90, al abordar la novela de Ocantos “nos situamos ante una construcción novelística apreciablemente más compleja que en las restantes del período aquí abordado, incluida La Bolsa de Martel” (66). De allí que, apreciado hoy día, el juicio de Darío, si no infundado, merezca ser tomado—como una parte considerable de su crítica—con relativa cautela fuera del contexto concreto de su enunciación.

         Y es más, en este presente fin de siglo, ante apreciaciones provenientes de una tradición textual que a grandes rasgos podemos suponer paradigmáticamente selectiva y operativamente próxima a la jerarquía letrada, cabe preguntarse si no resultaría tal vez cauto (re)aproximarse a juicios de ese talante munidos en esta instancia de la necesaria precaución metodológica y la incorporación de algunos de los redimensionamientos que en el ámbito de la crítica literaria han imprimido los postestructuralismos a los parámetros e ideologías culturales que, como bien sabemos, articulan los discursos deslindantes y estratificadores de las historiografías literarias, las “literaturas nacionales,” los cánones, los esquematismos generacio­nales y los forzados paradigmas genéricos. A un siglo de las palabras de Darío, asistimos en nuestro presente al desmantelamiento de las culturas “oficiales,” y a la práctica de nuevas estrategias interpretativas que desde el contexto postmoderno explican las dinámicas entre los “centros” y las “periferias,” abriendo asimismo instancias para la (re)lectura de los discursos, presencias—o ausencias—del aparato crítico-discursivo y de los elencos consolidados desde décadas atrás en el canon de las “tradicio­nes” literarias.

         Comenzando por el aludido “no americanismo” de Ocantos señalado por Darío—quien de paso no haría falta recordar aquí constituyó el intelectual “iridiscente” por antonomasia para usar un término de Gutiérrez Girardot, y de quien Rodó opinara que no era “el poeta de América,” debería no perderse de vista que en ese sentido el mismo Darío—claro está que en un plano estético genial­mente superior—elaboraba bajo decisivas influencias un arte de inspiración no menos eurocéntrica, si de eso se trata, que la mayoría de su generación. Pero lo interesante en nuestro caso es que entre la supuesta tradición literaria nacional—es decir, la argentina—y la copiosa narrativa de Ocantos parece haber operado un fenómeno de prolija exclusión y consecuente “olvido canónico,” si es posible emplear un oxímoron que en su articulación evoca de por sí la naturaleza intrínsecamente memorística de todo canon literario, como señala Harold Bloom.

         Pasando a la obra del olvidado novelista argentino, más allá del perturbador efecto que en su narrativa adquiere el significante lingüístico—de obvia responsabilidad en disociar el discurso de Ocantos de su propia temática novelística—sería oportuno incluir factores cronológicos, temáticos, estéticos, así como un ángulo biográfico de inevitable anacronismo generacional y progresivo aislamiento del referente literario, para abarcar más globalmente los elementos que a mi juicio determinan la dificultad posterior de integrar la obra de Ocantos a un espacio literario que las ideologías conservadoras—y téngase presente, nacionalizadoras—comenzaron a retorizar, sobre los epígonos del modernismo, en aras de un supuesto telurismo literario textualizado en las novelas “ejemplares” de la que Cedomil Goic denominará ge-neración “mundonovista” de la narrativa hispanoamericana. Obsérvese entonces que Ocantos resulta siempre por más de un motivo—y especialmente en su serie de Novelas argentinas—un autor de difícil catalogación, amén de permanecer circularmente encapsulado en su propio asunto literario y, por lo tanto, en idiosincrática medida desvinculado de la tradición literaria y cultural que aparentemente reclama.[2] Pero el claro anacronismo y diatopía de una parte de su novelística—anclada sin duda en un realismo-idealismo galdosiano de supuesta interpretación social—lo determina asimismo su contemporaneidad con una de las rupturas temático-formales que, expresando la tendencia vanguardista darán como resultado, en el panorama de la narrativa hispanoamericana, la retorización de los espacios nacionales desde una hermenéutica telúrico-mítica, como lúcidamente ha sostenido Carlos Alonso en The Spanish-American Regional Novel: Modernity and Autochtony .

         Es así como este panorama ideológico-literario marcado por la primacía de las que Torres-Rioseco denominará novelas de la tierra condiciona el marco interpretativo para que, valga el ejemplo, una obra como La gloria de don Ramiro (1908) de Enrique Larreta, pueda entenderse, llegado el caso, como mucho más lograda pero mucho “menos argentina” que su Zogoibi (1926), basándose fundamentalmente en el criterio temático, el locus de su acción, el lenguaje y la proyección de lo “local” en el espesor cultural de sus personajes. La operación ideo-lógicamente retorizadora de “lo nacional,” siguiendo el criterio de Alonso, recuerda, de paso, la efectividad de la fórmula literaria en la agenda educativa y cultural.

         Podemos concluir que en términos similares se podría leer la desnacionalizadora crítica de Darío a las novelas de Ocantos. Claro que al mismo tiempo debe observarse, como ya hemos visto, que para el caso de Ocantos Darío no desacertaba totalmente aunque su observación pecara de una intencional concisión reductora. En ese sentido es demasiado palmario que la narrativa de Ocantos se tex-tualiza operando un paradigma lingüístico que pareciera aspirar a la neutralización dialectal, a una especie de ideal y abstracta estandarización idiomática apuntalada por un casticismo de poder referencial incorpóreo y, como consecuencia, carente de una identificación verosímil con el referente espacio-temporal del relato. Ocantos viola así uno de los fundamentos de la verosimilitud de la ficción. Pretendiendo trascender los límites del regionalismo—y sin advertir, claro, que al hacerlo caía indefectiblemente en otro tan rígido y mucho más absurdo por materialmente inexistente—es que Ocantos define sus opciones léxicas y encuentra natural hacer decir a sus personajes “argentinos” melocotón por durazno o falda por pollera.[3] En otras palabras, la novelística de Ocantos constituye un curioso caso donde en gran medida, usando los términos de Genette, podríamos casi inferir que el récit opera como obstáculo a la verosimilitud mimética de la histoire.

         Pero concurrentemente y en distinos planos, el fenómeno literario es, como sabemos, complejo, plurivalente y plurisignificativo, amén de su tensión e intersección con otros discursos ideológicos y culturales. Y es precisamente por esas razones que, llegado el caso de (re)visitar ciertos autores debería abrirse espacio para soslayar las categorías tradicionalmente orientadoras y reguladoras de las historias literarias y los parámetros culturales que las enmarcan.

         Intentando dar un corto paso en esa dirección el presente trabajo se detendrá en la retórica y estética modernista de Fru Jenny, una colección de relatos, de novelle , de clima y temática nórdica que Ocantos escribiera durante su destino diplomático en Copenhague y que aparecieron publicadas por primera vez en París en 1915. Es dentro de una más atenta lectura en relación al panorama de la li-teratura hispana del fin de siglo y atendiendo a la universalización del arte y el surgimiento de la factores modernos como la urbanización y la secularización de la vida social del momento (Gutiérez Girardot 45–89) que narrativas como éstas de Ocantos pueden tal vez revelar una más densa significación literaria atendiendo fundamentalmente a la apertura temática y estilística característica del modernismo.

        Subtitulada “Seis novelas danesas”—dado que las na-rraciones incluidas son de ambiente, asunto, personajes y título nórdicos—Fru Jenny agrupa sus seis relatos bajo el título del primero de la serie, en el que como sugerente detalle comparatista puede probablemente apreciarse el reflejo de la Frau Jenny Treibel (1893) del gran realista alemán Theodor Fontane (1819–1898). Sólo uno de los relatos escandinavos de Ocantos no está ambientado en el presente y escapa al mismo tiempo a un realismo de tiempo pretérito: no obstante su argumento de base histórico-documental, “Spögelset fra Helsingor” (“El fantasma de Helsingor: novela histórico-fantástica”) narra con tonos de leyenda gótica la historia dieciochesca de la desventurada reina Carolina Matilde, esposa del cruel Cristian IV, agregando claramente al relato el ineludible eco shakespereano concedido por el escenario de la acción. Nótese que “El fantasma de Helsingor” responde así a los rasgos de la narrativa y tópicos arquetípicos del romanticismo que, como recuerda Lichtblau, Ocantos ya había incluido en la primera novela de su serie argentina, León Zaldívar (1888). Para más detalle de comparatismo romántico repárese en cómo el motivo del decapitado visitante de la reina del relato de Ocantos se corresponde con el del joven barón Aimer de Montfaucon en “La baronesa de Joux” (1844) de la autora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814–1873).

         Fuera de este romántico toque con el misterioso y etéreo mundo de lo fantástico-gótico y contrastando con ellas, el resto de las novelas de Fru Jenny desarrolla temas y ambientes urbanos de la pequeña burguesía del Copenhague de principios de siglo, época y lugar presentes del autor-diplomático. En cuatro de los relatos el foco temático principal se fija sobre la relación matrimonial y las pequeñas miserias y alegrías que jalonan la vida conyugal desde una perspectiva realista e irónica que justifica el ya notado paralelo de Ocantos con la prosa de Maupassant (Cárrega 32). Pero de similar manera, a la hora de abrir juicios de tenor comparatista, obsérvese que el particular detenimiento de los relatos de Ocantos en los problemas que enfrenta el rol moderno de la mujer casada lo emparentan con el ya sospechado influjo de la novelística alemana de Fontante, al tiempo que recuerdan la aguda puntualización de Gutiérrez Girardot en el sentido de la no suficientemente atendida relación que el modernismo literario guarda con la desacralización de la sociedad civil y la vida ciudadana del fin de siglo.

         Es así como en su epónima protagonista, “Fru Jenny” ilustra el tema de la moderna mujer casada pero sentimentalmente independiente, sufragista y dueña de su vida sexual sobre la que se proyecta, en tono irónico, la disonante paradoja de una serie de desavenencias conyugales, divorcios y románticos reencuentros. Por otra parte, el matrimonio sin amor y la incomunicación conyugal fosilizada en viejos secretos y austeros silencios de la matrona Ingeborg marcan el argumento de “Farvel” (“Adiós”) que relata con un guiño irónico la rutinaria y casi automática vida familiar de herr Knud Olsen, un “alto, seco y aquijotado catedrático de la Universitet” (145).

         Contrastando, “Det Tabte paradis” (“El paraíso perdido”) plantea un caso muy distinto. Asistimos aquí a un relato de divertido tono autobiográfico en el que el simpático Axel Petersen, dependiente de comercio de la casa Omnium de la céntrica Ostergade y a quien “nadie [. . .] gana en el arreglo de un escaparate,” (79) relatará sus modestas cuitas sentimentales y de cómo vino, en definitiva, a perder el edén terrenal de su soltería a manos del bello sexo. En su momento, Axel ha sido un joven lleno de innovador sentido progresista, empleado de comercio por no haber despuntado en sus estudios y quien a pesar de un marcial pasado familiar fue el primero en tener la “genial idea” de vestir de un solo color los escaparates del comercio local: “de rosa con decoración de primavera, unas veces; de negro, con atributos funerarios, piras llameantes, coronas y crespones, otras; o de violeta, con fondo otoñal y melancólico” (79). Es precisamente esa idílica y dorada medianía de sus años de “mocetón atlético” la que un maduro Axel, en el presente ya cuarentón—“de aquellas fuerzas, de aquellos donaires físicos, el espejo y la experiencia me dicen que poco me queda” (80)—lamenta haber perdido para siempre. Y nótese que eso ha sucedido, según Axel, por haber cedido a los encantos de Gerda, rubicunda dependienta de la tienda de enfrente y responsable de su actual desgracia pecuniaria. Si bien sus males comenzaron cuando Axel se reveló incapaz de resistir los sensuales avances de Gerda (“una Ofelia estropeadilla”) y el “lenguaje ignorado de los neumáticos y los radios” en que se planteaba este mo-derno romance de bicicletas, repárese en que, de acuerdo con él, todo este estado de cosas es posible desde que los hombres están “acostumbrados [. . .] a ser solicitados y requeridos [por las mujeres], encantadora comodidad que nos ha traído el triunfo del feminismo” (82–86).

         Pasando ahora a “Dame Cafe” (“Café para señoras”) encontramos allí como protagonista a la encantadora Astrid, esposa de un acaudalado comerciante cervecero, el barrigón herr Preben, “un tonel con dos pies, muy gordo, muy colorado, siempre repleto de cerveza y apestando a alcohol y a tabaco” (113). Y de paso, por si el lector no lo sabe, Dinamarca—comienza diciendo el narrador, no es nada parecida a lo que puedan eventualmente referir los viajeros, quienes “mienten siempre.” El nórdico reino no se asemeja para nada a “una cueva de hielo hundida en el Polo; que disfruta de seis meses de noche y seis meses de sol” y donde “las focas y los osos se pasean de bracero por todas sus esquinas” (107). Antes que nada parece significativo no pasar por alto aquí el juicio negativo en cuanto al conocimiento que pueden aportar los viajes, o por lo menos, las crónicas de viajes—uno de los más profusos géneros del modernismo hispanoamericano. En ese sentido recuérdese un cercano criterio de Gómez Ca­rrillo—destacado cultivador de ese género pe­riodístico—incluido en su “La psicología del viaje” (1919) y apoyado por su parte en el criterio del psicólogo francés Paul Bourget.[4] Pero volviendo a “Dame Cafe,” habría aquí que atenerse al autor, tal como él lo reclama, en el sentido de que respecto a esa falsa idea de Dinamarca “no hay tal cosa, ni sombra siquiera, y que [Dinamarca] es un país muy verdecito, muy pintoresco, ni más frío que cualquier otro y aun menos frío que muchos otros.” Consecuentemente, al momento de abrirse el relato, y “a pesar de hallarnos en enero, no necesitaremos más que de un buen gabán para recorrer la bulliciosa Ostergade de Copenhague, de punta a cabo” (108). De todas maneras, a lo largo de la calle céntrica de la capital danesa pronto apreciaremos las conspicuas figuras de los que Ocantos juguetonamente llama “una linda foca” (Astrid) y “un oso elegante,” su apuesto enamorado, el oficial Aage.

         En consonancia con la mayoría de las novelas de la serie, “Dame Cafe” no resulta más que un breve relato de amor e infidelidad hábilmente desarrollado en los sutiles e irónicos tonos de la prosa modernista que Ocantos conoce y diestramente maneja. Y es así que su anécdota queda totalmente enmarcada en la atmósfera ciudadana, mundana, de las petites histoires del fin de siècle que en el contexto hispanoamericano pudieran esperarse de la fina pluma y la sutil visión telescópica de un Gutiérrez Nájera. Si el marco referencial evidencia aquí la modernidad del argumento y, fundamentalmente, del ambiente que lo enmarca, nótese asimismo el consciente metadiscurso sobre la categoría epistemológica de lo literario así como la relevante reflexión sobre la natural ética natural que apa-rentemente emana de lo estético. Es de acuerdo con esas premisas que el maduro y macizo herr Preben logrará comprender—y aceptar—la infidelidad de su joven y atractiva mujer, con natural derecho, entonces, a ena­morarse de su guapo oficial:

 

Por qué este derecho del instinto, esta inclinación poderosa del alma a la frescura y a la belleza había de serle negada a Astrid? [. . .] Entonces, desdichado herr Preben, ¿te convences que sobre la ley escrita, encima de todos los códigos, existe una ley suprema que es la ley de la vida? (138)

 

Pero es al nivel del récit donde interesa encontrar también las notas de tono modernista que demuestran, tal como agudamente anota Morales con respecto a Quilito, que “Ocantos también se halla muy atento a la actual renovación de la prosa hispánica” (74). En ese sentido el estetismo no viene solamente incorporado en “Dame Cafe” como motivo temático y justificativo ético de las acciones de los personajes, sino que estilísticamente el relato de Ocantos se aproxima así también a los registros de tono decadente frecuentes en la prosa modernista:

 

Atrás, el murmullar lejano de los tranvías y de los automóviles; pero, por la avenida del lago, nada más que el silencio, un silencio de misterio que, de aparecer una góndola sobre las aguas oscuras, en tal sitio simulara la música de un paisaje veneciano. (123)

 

De esta historia de contrastes entre lo hermoso y lo feo en el irónico país de los osos elegantes y las focas traviesas podemos pasar, bajo iguales cielos, y sin cambiar de ambiente, a la historia de artistas que cuenta “Til Leje” (“Se alquila”). En esta historia la protagonista es Ebba, joven y pobre bailarina de provincias que llega a Copenhague trayendo en su maleta, además de su muñeca, las más grandes ilusiones.Y en la humilde pensión de enkefraue Sorensen, Ebba comienza a recibir, después de un tiempo, las flores de un anónimo y constante admirador. “Til Leje” es por lo tanto, una romántica historia que cuenta la espera de un “príncipe azul” y el cruel desencanto final, al revelarse el insospechado origen de los envíos. Observemos que las perdidas ilusiones de Ebba fatalmente se co-rresponderán, hasta cierto punto, con la juvenil ilusión de su fabuladora vecina Sigrid, quien desde una perspectiva diferente teje el sueño de aprender algún día a danzar y que, a la inversa de Ebba, puede declarar románticamente:

 

Amo el arte. Me muero por el teatro. Adoro la danza, sobre todo ese aéreo, gracioso voltejeo sobre la punta de los pies, con aletear de brazos desnudos, entre el fulgor de mil luces y el chasquido de mil aplausos.Verme en medio del escenario, arrastrada por el vértigo de la música, ceñida de rasos y tules, mariposa, flor, estrella, ser fantástico, mujer ideal, lo considero placer supremo, tan soberano, que, por gustarlo una vez siquiera, haré lo imposible y daré lo incontable. (72)

 

Obsérvese la ironía que presenta aquí el caso, puesto que al intentar concretar su anhelo Sigrid acabará torpemente con las románticas y vaporosas ensoñaciones de la pobre provinciana en espera de su príncipe azul:

 

¡Un príncipe! Ebba venía a buscar un príncipe. ¿Por qué no? El escenario es escaparate y el teatro bazar. La belleza, la gracia, el arte tienen en las tablas pe-destal apropiado. La distancia y la luz son cómplices, el traje, incentivo; celestina la música y todo ocasión y peligro. Una sílfide que danza ante deslumbrador concurso no es la rapaza que ensaya en un camaranchón. Y, sin embargo, es la misma. Cuestión de óptica y de perspectiva (49)

 

No obstante, más allá de constituir “Til leje” un cuento de obvia temática modernista, narrativizando el topos del arte y la vida de artista, corresponde asimismo apreciar aquí tonos claramente reminiscentes de la prosa simbolista que abren el texto de Ocantos al empleo, fundamentalmente descriptivo, de los motivos modernistas. Es así como Ebba, una “linda joven [. . .] de blancura de lirio,” es una especie de ligera libélula que pretende vivir del arte, entorpecida por las incomodidades que representan los objetos del mundo material:

 

Traía en la mano una valija, y como ocurriría a una mariposa a la que pusieran una piedrecilla sobre el ala, aunque pequeña la valija y de fácil porte, le pesaba lo bastante para molestarla (41).

 

De allí que Ocantos combine y contraste con habilidad los mundos etéreos y delicados del artista con la realidad pedestre y burguesa que acertadamente describe su pluma realista y que parecen coincidir oximorónicamente en el título de una de las secciones de la novela de Ebba: “Una valija de ropa y un mundo de ilusiones” (48). Obsérvese cómo hasta cierto punto se confunden en mueca irónica esos dos mundos del relato: el etéreo de las románticas fantasías y el que corresponde a las necesidades impuestas por la prosaica realidad de los objetos cotidianos:

 

Ebba en un periquete se convirtió en flor, y dando saltos, para probar la elasticidad de sus músculos, por los feos entretelones, mientras los artistas armaban el jardín de la fiesta, su pie, calzado de raso blanco, levantó e hizo rodar como pelota contra la pintada bambalina un papel, un sobre, una carta, sin duda. Estaba cerrada y lacrada de azul, con una gaviota de alas desplegadas por emblema y decía: Para frokken Ebba (69)

 

Y es así que ante la inevitable colisión de ambas realidades Ebba llega al fin del relato que protagoniza:

 

abrazada a Tulle [su muñeca] que, impasible, la miraba, [y] lloró de nuevo, herida en lo más hondo de su alma por aquel su primer desengaño, cual si Tulle la viese rota, amputadas las piernas de serrín o partida la frente de porcelana (74).

 

         En su colección de novelas danesas Ocantos termina por ofrecer entonces, no sólo una prueba más de su fina pluma de narrador realista de precisos rasgos ya evidenciada en su serie de novelas argentinas sino que, coincidentemente, registra ahora este nuevo tono de su narrativa en los órdenes temáticos y estilísticos representativos de los paradigmas ideológicos y estéticos de la modernidad y del modernismo literario hispánico.

         Pero desde nuestra perspectiva actual téngase en cuenta que, casos como la modesta serie narrativa de Fru Jenny tal vez puedan orientar hacia el (re)descubrimiento de algo próximo al plaisir lector de una época y hacia una más cabal e integradora (re)visión general de un corpus olvidado y marginado de una tradición literaria, operación de lectura ésta que a su vez podría ubicarse como no lejana a las posibiliddaes de una jouissance bartheana.

 

Obras citadas

Alonso, Carlos. The Spanish American Regional Novel: Modernity and Autochthony. Cambridge: Cambridge UP, 1990.

Cárrega, Hemilce. Las novelas argentinas de Carlos María Ocantos. Buenos Aires: Febra, 1986.

Darío, Rubén. “La novela americana en España.” Obras completas. tomo 2. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950. 1136–45. 5 tomos.

González, Aníbal. Journalism and the Development of Spanish American narrative. Cambridge: Cambridge UP, 1993.

Gutiérrez Girardot, Rafael. Modernismo: Supuestos históricos y culturales. México: Fondo de Cultura Económica, 1988.

Lichtblau, Myron. The Argentine Novel in the Nineteenth Century. New York: Hispanic Institute, 1959.

Morales, Carlos Javier. Julián Martel y la novela naturalista argentina. Logroño: Universidad de La Rioja, 1997.

Ocantos, Carlos María. Fru Jenny: Seis novelas danesas. Paris: Bouret, 1915.

 



[1]El juicio lo formula Darío, casi al pasar, en “La novela americana en España” (1140) cuando, a propósito de una anunciada colección de novelas americanas proyectada por Pereda pasa rápida revista a la narrativa moderna del continente.

[2]Luego de su jubilación del cuerpo diplomático argentino y hasta su muerte en 1949, Ocantos reside permanentemente en Madrid.

[3]El ejemplo procede de Misia Jeromita (1898) y está señalado por Cárrega (107–08).

 

[4]Véase al respecto González 97–98.