La
Urbanidad Modernista En La Narrativa Finisecular
De Carlos
Maria Ocantos
Carlos María Ocantos escribe novelas
absolutamente españolas cuyo argumento se desarrolla en Buenos Aires.
(Rubén
Darío)1
Como respondiendo al dictum de Darío, cuando casi al
pasar el vate modernista sentenció que las Novelas argentinas de Carlos María Ocantos
(1860–1949) nada tenían precisamente de “argentinas”
o, para citar de manera más exacta, que de nacionales las novelas de Ocantos
sólo podían reclamar el supuesto lugar donde planteaban su
acción, la historiografía literaria argentina—y por extensión
la hispanoamericana—sólo se ha permitido conceder a la narrativa
de este prolífico escritor-diplomático una eventual y exigua
mención, una fugaz referencia “de diccionario” que
sólo en muy contadas ocasiones trasciende los márgenes y la parca
meta informativa del tono enciclopédico. Sucede entonces que, casi
paradójicamente, esa circunstancia hace que destaque como
insólita y hasta curiosa la atención que en el campo de la
crítica actual pueda cobrar para algún investigador cierta etapa
de la maratónica y hoy olvidada trayectoria novelística de
Ocantos. Es claro que entre los textos ocantianos ello sucede casi
siempre—y por comprensibles razones—con Quilito (1891), el segundo
título de la serie de Novelas argentinas y novela que paralelamente se
inscribe en el llamado “ciclo de La Bolsa” de la novelística
argentina de los 90. En estas circunstancias resaltan así las conexiones
de esa lograda obra de Ocantos con el panorama generacional y el interés
temático-ideológico de la narrativa de ese ciclo, evidenciando la
articulación de Quilito con las líneas tanto
epistemológicas como estéticas del naturalismo zoliano que
en el panorama local caracterizan la narrativa posterior a la de la
generación del 80. Es así como—valga el ejemplo
reciente—en Julián Martel y la novela naturalista argentina (1997) el crítico
español Carlos Javier Morales dedica considerable espacio a Quilito, resaltando que en el panorama
de la literatura argentina de los 90, al abordar la novela de Ocantos
“nos situamos ante una construcción novelística
apreciablemente más compleja que en las restantes del período
aquí abordado, incluida La Bolsa de Martel” (66). De allí que,
apreciado hoy día, el juicio de Darío, si no infundado, merezca
ser tomado—como una parte considerable de su crítica—con
relativa cautela fuera del contexto concreto de su enunciación.
Y
es más, en este presente fin de siglo, ante apreciaciones provenientes de
una tradición textual que a grandes rasgos podemos suponer
paradigmáticamente selectiva y operativamente próxima a la
jerarquía letrada, cabe preguntarse si no resultaría tal vez
cauto (re)aproximarse a juicios de ese talante munidos en esta instancia de la
necesaria precaución metodológica y la incorporación de
algunos de los redimensionamientos que en el ámbito de la crítica
literaria han imprimido los postestructuralismos a los parámetros e
ideologías culturales que, como bien sabemos, articulan los discursos
deslindantes y estratificadores de las historiografías literarias, las
“literaturas nacionales,” los cánones, los esquematismos
generacionales y los forzados paradigmas genéricos. A un siglo de
las palabras de Darío, asistimos en nuestro presente al desmantelamiento
de las culturas “oficiales,” y a la práctica de nuevas
estrategias interpretativas que desde el contexto postmoderno explican las dinámicas
entre los “centros” y las “periferias,” abriendo
asimismo instancias para la (re)lectura de los discursos, presencias—o
ausencias—del aparato crítico-discursivo y de los elencos consolidados
desde décadas atrás en el canon de las “tradiciones”
literarias.
Comenzando
por el aludido “no americanismo” de Ocantos señalado por
Darío—quien de paso no haría falta recordar aquí
constituyó el intelectual “iridiscente” por antonomasia para
usar un término de Gutiérrez Girardot, y de quien Rodó
opinara que no era “el poeta de América,” debería no
perderse de vista que en ese sentido el mismo Darío—claro
está que en un plano estético genialmente superior—elaboraba
bajo decisivas influencias un arte de inspiración no menos eurocéntrica,
si de eso se trata, que la mayoría de su generación. Pero lo
interesante en nuestro caso es que entre la supuesta tradición literaria
nacional—es decir, la argentina—y la copiosa narrativa de Ocantos
parece haber operado un fenómeno de prolija exclusión y
consecuente “olvido canónico,” si es posible emplear un
oxímoron que en su articulación evoca de por sí la
naturaleza intrínsecamente memorística de todo canon literario,
como señala Harold Bloom.
Pasando
a la obra del olvidado novelista argentino, más allá del
perturbador efecto que en su narrativa adquiere el significante
lingüístico—de obvia responsabilidad en disociar el discurso
de Ocantos de su propia temática novelística—sería
oportuno incluir factores cronológicos, temáticos,
estéticos, así como un ángulo biográfico de
inevitable anacronismo generacional y progresivo aislamiento del referente
literario, para abarcar más globalmente los elementos que a mi juicio
determinan la dificultad posterior de integrar la obra de Ocantos a un espacio
literario que las ideologías conservadoras—y téngase
presente, nacionalizadoras—comenzaron a retorizar, sobre los epígonos del modernismo,
en aras de un supuesto telurismo literario textualizado en las novelas
“ejemplares” de la que Cedomil Goic denominará
ge-neración “mundonovista” de la narrativa hispanoamericana.
Obsérvese entonces que Ocantos resulta siempre por más de un
motivo—y especialmente en su serie de Novelas argentinas—un autor de
difícil catalogación, amén de permanecer circularmente
encapsulado en su propio asunto literario y, por lo tanto, en
idiosincrática medida desvinculado de la tradición literaria y
cultural que aparentemente reclama.[2] Pero el claro anacronismo y
diatopía de una parte de su novelística—anclada sin duda en
un realismo-idealismo galdosiano de supuesta interpretación
social—lo determina asimismo su contemporaneidad con una de las rupturas
temático-formales que, expresando la tendencia vanguardista darán
como resultado, en el panorama de la narrativa hispanoamericana, la
retorización de los espacios nacionales desde una hermenéutica
telúrico-mítica, como lúcidamente ha sostenido Carlos
Alonso en The Spanish-American Regional Novel: Modernity and Autochtony .
Es
así como este panorama ideológico-literario marcado por la
primacía de las que Torres-Rioseco denominará novelas de la
tierra
condiciona el marco interpretativo para que, valga el ejemplo, una obra como La
gloria de don Ramiro (1908) de Enrique Larreta, pueda entenderse, llegado el caso, como
mucho más lograda pero mucho “menos argentina” que su Zogoibi (1926), basándose fundamentalmente
en el criterio temático, el locus de su acción, el lenguaje y la proyección
de lo “local” en el espesor cultural de sus personajes. La
operación ideo-lógicamente retorizadora de “lo nacional,”
siguiendo el criterio de Alonso, recuerda, de paso, la efectividad de la
fórmula literaria en la agenda educativa y cultural.
Podemos
concluir que en términos similares se podría leer la
desnacionalizadora crítica de Darío a las novelas de Ocantos.
Claro que al mismo tiempo debe observarse, como ya hemos visto, que para el
caso de Ocantos Darío no desacertaba totalmente aunque su observación
pecara de una intencional concisión reductora. En ese sentido es
demasiado palmario que la narrativa de Ocantos se tex-tualiza operando un
paradigma lingüístico que pareciera aspirar a la
neutralización dialectal, a una especie de ideal y abstracta
estandarización idiomática apuntalada por un casticismo de poder
referencial incorpóreo y, como consecuencia, carente de una
identificación verosímil con el referente espacio-temporal del
relato. Ocantos viola así uno de los fundamentos de la verosimilitud de
la ficción. Pretendiendo trascender los límites del
regionalismo—y sin advertir, claro, que al hacerlo caía indefectiblemente
en otro tan rígido y mucho más absurdo por materialmente
inexistente—es que Ocantos define sus opciones léxicas y encuentra
natural hacer decir a sus personajes “argentinos” melocotón por durazno o falda por pollera.[3] En otras palabras, la
novelística de Ocantos constituye un curioso caso donde en gran medida,
usando los términos de Genette, podríamos casi inferir que el récit opera como obstáculo a
la verosimilitud mimética de la histoire.
Pero
concurrentemente y en distinos planos, el fenómeno literario es, como
sabemos, complejo, plurivalente y plurisignificativo, amén de su
tensión e intersección con otros discursos ideológicos y
culturales. Y es precisamente por esas razones que, llegado el caso de
(re)visitar ciertos autores debería abrirse espacio para soslayar las
categorías tradicionalmente orientadoras y reguladoras de las historias
literarias y los parámetros culturales que las enmarcan.
Intentando
dar un corto paso en esa dirección el presente trabajo se
detendrá en la retórica y estética modernista de Fru
Jenny, una
colección de relatos, de novelle , de clima y temática nórdica
que Ocantos escribiera durante su destino diplomático en Copenhague y
que aparecieron publicadas por primera vez en París en 1915. Es dentro
de una más atenta lectura en relación al panorama de la
li-teratura hispana del fin de siglo y atendiendo a la universalización
del arte y el surgimiento de la factores modernos como la urbanización y
la secularización de la vida social del momento (Gutiérez
Girardot 45–89) que narrativas como éstas de Ocantos pueden tal
vez revelar una más densa significación literaria atendiendo fundamentalmente
a la apertura temática y estilística característica del
modernismo.
Subtitulada
“Seis novelas danesas”—dado que las na-rraciones incluidas
son de ambiente, asunto, personajes y título nórdicos—Fru
Jenny agrupa
sus seis relatos bajo el título del primero de la serie, en el que como
sugerente detalle comparatista puede probablemente apreciarse el reflejo de la Frau
Jenny Treibel (1893)
del gran realista alemán Theodor Fontane (1819–1898). Sólo
uno de los relatos escandinavos de Ocantos no está ambientado en el presente
y escapa al mismo tiempo a un realismo de tiempo pretérito: no obstante
su argumento de base histórico-documental, “Spögelset fra
Helsingor” (“El fantasma de Helsingor: novela
histórico-fantástica”) narra con tonos de leyenda
gótica la historia dieciochesca de la desventurada reina Carolina
Matilde, esposa del cruel Cristian IV, agregando claramente al relato el
ineludible eco shakespereano concedido por el escenario de la acción.
Nótese que “El fantasma de Helsingor” responde así a
los rasgos de la narrativa y tópicos arquetípicos del
romanticismo que, como recuerda Lichtblau, Ocantos ya había incluido en
la primera novela de su serie argentina, León Zaldívar (1888). Para más detalle
de comparatismo romántico repárese en cómo el motivo del
decapitado visitante de la reina del relato de Ocantos se corresponde con el
del joven barón Aimer de Montfaucon en “La baronesa de Joux”
(1844) de la autora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda
(1814–1873).
Fuera
de este romántico toque con el misterioso y etéreo mundo de lo
fantástico-gótico y contrastando con ellas, el resto de las
novelas de Fru Jenny desarrolla temas y ambientes urbanos de la pequeña
burguesía del Copenhague de principios de siglo, época y lugar
presentes del autor-diplomático. En cuatro de los relatos el foco
temático principal se fija sobre la relación matrimonial y las
pequeñas miserias y alegrías que jalonan la vida conyugal desde
una perspectiva realista e irónica que justifica el ya notado paralelo
de Ocantos con la prosa de Maupassant (Cárrega 32). Pero de similar
manera, a la hora de abrir juicios de tenor comparatista, obsérvese que
el particular detenimiento de los relatos de Ocantos en los problemas que
enfrenta el rol moderno de la mujer casada lo emparentan con el ya sospechado
influjo de la novelística alemana de Fontante, al tiempo que recuerdan
la aguda puntualización de Gutiérrez Girardot en el sentido de la
no suficientemente atendida relación que el modernismo literario guarda
con la desacralización de la sociedad civil y la vida ciudadana del fin
de siglo.
Es
así como en su epónima protagonista, “Fru Jenny”
ilustra el tema de la moderna mujer casada pero sentimentalmente independiente,
sufragista y dueña de su vida sexual sobre la que se proyecta, en tono
irónico, la disonante paradoja de una serie de desavenencias conyugales,
divorcios y románticos reencuentros. Por otra parte, el matrimonio sin
amor y la incomunicación conyugal fosilizada en viejos secretos y
austeros silencios de la matrona Ingeborg marcan el argumento de “Farvel”
(“Adiós”) que relata con un guiño irónico la
rutinaria y casi automática vida familiar de herr Knud Olsen, un
“alto, seco y aquijotado catedrático de la Universitet” (145).
Contrastando,
“Det Tabte paradis” (“El paraíso perdido”)
plantea un caso muy distinto. Asistimos aquí a un relato de divertido
tono autobiográfico en el que el simpático Axel Petersen,
dependiente de comercio de la casa Omnium de la céntrica Ostergade y a quien
“nadie [. . .] gana en el arreglo de un escaparate,” (79)
relatará sus modestas cuitas sentimentales y de cómo vino, en
definitiva, a perder el edén terrenal de su soltería a manos del
bello sexo. En su momento, Axel ha sido un joven lleno de innovador sentido
progresista, empleado de comercio por no haber despuntado en sus estudios y
quien a pesar de un marcial pasado familiar fue el primero en tener la
“genial idea” de vestir de un solo color los escaparates del
comercio local: “de rosa con decoración de primavera, unas veces;
de negro, con atributos funerarios, piras llameantes, coronas y crespones,
otras; o de violeta, con fondo otoñal y melancólico” (79).
Es precisamente esa idílica y dorada medianía de sus años
de “mocetón atlético” la que un maduro Axel, en el
presente ya cuarentón—“de aquellas fuerzas, de aquellos donaires
físicos, el espejo y la experiencia me dicen que poco me queda”
(80)—lamenta haber perdido para siempre. Y nótese que eso ha
sucedido, según Axel, por haber cedido a los encantos de Gerda,
rubicunda dependienta de la tienda de enfrente y responsable de su actual
desgracia pecuniaria. Si bien sus males comenzaron cuando Axel se reveló
incapaz de resistir los sensuales avances de Gerda (“una Ofelia
estropeadilla”) y el “lenguaje ignorado de los neumáticos y
los radios” en que se planteaba este mo-derno romance de bicicletas,
repárese en que, de acuerdo con él, todo este estado de cosas es
posible desde que los hombres están “acostumbrados
[. . .] a ser solicitados y requeridos [por las mujeres], encantadora
comodidad que nos ha traído el triunfo del feminismo”
(82–86).
Pasando
ahora a “Dame Cafe” (“Café para señoras”)
encontramos allí como protagonista a la encantadora Astrid, esposa de un
acaudalado comerciante cervecero, el barrigón herr Preben, “un
tonel con dos pies, muy gordo, muy colorado, siempre repleto de cerveza y
apestando a alcohol y a tabaco” (113). Y de paso, por si el lector no lo
sabe, Dinamarca—comienza diciendo el narrador, no es nada parecida a lo
que puedan eventualmente referir los viajeros, quienes “mienten
siempre.” El nórdico reino no se asemeja para nada a “una
cueva de hielo hundida en el Polo; que disfruta de seis meses de noche y seis
meses de sol” y donde “las focas y los osos se pasean de bracero
por todas sus esquinas” (107). Antes que nada parece significativo no
pasar por alto aquí el juicio negativo en cuanto al conocimiento que
pueden aportar los viajes, o por lo menos, las crónicas de
viajes—uno de los más profusos géneros del modernismo
hispanoamericano. En ese sentido recuérdese un cercano criterio de
Gómez Carrillo—destacado cultivador de ese género periodístico—incluido
en su “La psicología del viaje” (1919) y apoyado por su
parte en el criterio del psicólogo francés Paul Bourget.[4] Pero volviendo a “Dame
Cafe,” habría aquí que atenerse al autor, tal como
él lo reclama, en el sentido de que respecto a esa falsa idea de Dinamarca
“no hay tal cosa, ni sombra siquiera, y que [Dinamarca] es un país
muy verdecito, muy pintoresco, ni más frío que cualquier otro y
aun menos frío que muchos otros.” Consecuentemente, al momento de
abrirse el relato, y “a pesar de hallarnos en enero, no necesitaremos
más que de un buen gabán para recorrer la bulliciosa Ostergade de
Copenhague, de punta a cabo” (108). De todas maneras, a lo largo de la
calle céntrica de la capital danesa pronto apreciaremos las conspicuas
figuras de los que Ocantos juguetonamente llama “una linda foca”
(Astrid) y “un oso elegante,” su apuesto enamorado, el oficial
Aage.
En
consonancia con la mayoría de las novelas de la serie, “Dame
Cafe” no resulta más que un breve relato de amor e infidelidad
hábilmente desarrollado en los sutiles e irónicos tonos de la
prosa modernista que Ocantos conoce y diestramente maneja. Y es así que
su anécdota queda totalmente enmarcada en la atmósfera ciudadana,
mundana, de las petites histoires del fin de siècle que en el contexto
hispanoamericano pudieran esperarse de la fina pluma y la sutil visión
telescópica de un Gutiérrez Nájera. Si el marco
referencial evidencia aquí la modernidad del argumento y, fundamentalmente,
del ambiente que lo enmarca, nótese asimismo el consciente metadiscurso
sobre la categoría epistemológica de lo literario así como
la relevante reflexión sobre la natural ética natural que
apa-rentemente emana de lo estético. Es de acuerdo con esas premisas que
el maduro y macizo herr Preben logrará comprender—y
aceptar—la infidelidad de su joven y atractiva mujer, con natural derecho,
entonces, a enamorarse de su guapo oficial:
Por
qué este derecho del instinto, esta inclinación poderosa del alma
a la frescura y a la belleza había de serle negada a Astrid?
[. . .] Entonces, desdichado herr Preben, ¿te convences que
sobre la ley escrita, encima de todos los códigos, existe una ley
suprema que es la ley de la vida? (138)
Pero es al
nivel del récit donde interesa encontrar también las notas de tono modernista
que demuestran, tal como agudamente anota Morales con respecto a Quilito, que “Ocantos
también se halla muy atento a la actual renovación de la prosa
hispánica” (74). En ese sentido el estetismo no viene solamente incorporado
en “Dame Cafe” como motivo temático y justificativo
ético de las acciones de los personajes, sino que
estilísticamente el relato de Ocantos se aproxima así
también a los registros de tono decadente frecuentes en la prosa
modernista:
Atrás,
el murmullar lejano de los tranvías y de los automóviles; pero,
por la avenida del lago, nada más que el silencio, un silencio de
misterio que, de aparecer una góndola sobre las aguas oscuras, en tal
sitio simulara la música de un paisaje veneciano. (123)
De esta
historia de contrastes entre lo hermoso y lo feo en el irónico
país de los osos elegantes y las focas traviesas podemos pasar, bajo
iguales cielos, y sin cambiar de ambiente, a la historia de artistas que cuenta
“Til Leje” (“Se alquila”). En esta historia la
protagonista es Ebba, joven y pobre bailarina de provincias que llega a
Copenhague trayendo en su maleta, además de su muñeca, las
más grandes ilusiones.Y en la humilde pensión de enkefraue
Sorensen, Ebba comienza a recibir, después de un tiempo, las flores de
un anónimo y constante admirador. “Til Leje” es por lo
tanto, una romántica historia que cuenta la espera de un
“príncipe azul” y el cruel desencanto final, al revelarse el
insospechado origen de los envíos. Observemos que las perdidas ilusiones
de Ebba fatalmente se co-rresponderán, hasta cierto punto, con la
juvenil ilusión de su fabuladora vecina Sigrid, quien desde una
perspectiva diferente teje el sueño de aprender algún día
a danzar y que, a la inversa de Ebba, puede declarar románticamente:
Amo el
arte. Me muero por el teatro. Adoro la danza, sobre todo ese aéreo,
gracioso voltejeo sobre la punta de los pies, con aletear de brazos desnudos,
entre el fulgor de mil luces y el chasquido de mil aplausos.Verme en medio del
escenario, arrastrada por el vértigo de la música, ceñida
de rasos y tules, mariposa, flor, estrella, ser fantástico, mujer ideal,
lo considero placer supremo, tan soberano, que, por gustarlo una vez siquiera,
haré lo imposible y daré lo incontable. (72)
Obsérvese
la ironía que presenta aquí el caso, puesto que al intentar
concretar su anhelo Sigrid acabará torpemente con las románticas
y vaporosas ensoñaciones de la pobre provinciana en espera de su
príncipe azul:
¡Un
príncipe! Ebba venía a buscar un príncipe. ¿Por
qué no? El escenario es escaparate y el teatro bazar. La belleza, la
gracia, el arte tienen en las tablas pe-destal apropiado. La distancia y la luz
son cómplices, el traje, incentivo; celestina la música y todo
ocasión y peligro. Una sílfide que danza ante deslumbrador
concurso no es la rapaza que ensaya en un camaranchón. Y, sin embargo,
es la misma. Cuestión de óptica y de perspectiva (49)
No obstante,
más allá de constituir “Til leje” un cuento de obvia
temática modernista, narrativizando el topos del arte y la vida de artista,
corresponde asimismo apreciar aquí tonos claramente reminiscentes de la
prosa simbolista que abren el texto de Ocantos al empleo, fundamentalmente
descriptivo, de los motivos modernistas. Es así como Ebba, una
“linda joven [. . .] de blancura de lirio,” es una
especie de ligera libélula que pretende vivir del arte, entorpecida por
las incomodidades que representan los objetos del mundo material:
Traía
en la mano una valija, y como ocurriría a una mariposa a la que pusieran
una piedrecilla sobre el ala, aunque pequeña la valija y de fácil
porte, le pesaba lo bastante para molestarla (41).
De
allí que Ocantos combine y contraste con habilidad los mundos
etéreos y delicados del artista con la realidad pedestre y burguesa que
acertadamente describe su pluma realista y que parecen coincidir
oximorónicamente en el título de una de las secciones de la
novela de Ebba: “Una valija de ropa y un mundo de ilusiones” (48).
Obsérvese cómo hasta cierto punto se confunden en mueca
irónica esos dos mundos del relato: el etéreo de las
románticas fantasías y el que corresponde a las necesidades
impuestas por la prosaica realidad de los objetos cotidianos:
Ebba en un
periquete se convirtió en flor, y dando saltos, para probar la
elasticidad de sus músculos, por los feos entretelones, mientras los
artistas armaban el jardín de la fiesta, su pie, calzado de raso blanco,
levantó e hizo rodar como pelota contra la pintada bambalina un papel,
un sobre, una carta, sin duda. Estaba cerrada y lacrada de azul, con una
gaviota de alas desplegadas por emblema y decía: Para frokken Ebba (69)
Y es
así que ante la inevitable colisión de ambas realidades Ebba
llega al fin del relato que protagoniza:
abrazada a
Tulle [su muñeca] que, impasible, la miraba, [y] lloró de nuevo,
herida en lo más hondo de su alma por aquel su primer desengaño,
cual si Tulle la viese rota, amputadas las piernas de serrín o partida
la frente de porcelana (74).
En
su colección de novelas danesas Ocantos termina por ofrecer entonces, no
sólo una prueba más de su fina pluma de narrador realista de
precisos rasgos ya evidenciada en su serie de novelas argentinas sino que, coincidentemente,
registra ahora este nuevo tono de su narrativa en los órdenes temáticos
y estilísticos representativos de los paradigmas ideológicos y
estéticos de la modernidad y del modernismo literario hispánico.
Pero
desde nuestra perspectiva actual téngase en cuenta que, casos como la
modesta serie narrativa de Fru Jenny tal vez puedan orientar hacia el
(re)descubrimiento de algo próximo al plaisir lector de una época y
hacia una más cabal e integradora (re)visión general de un corpus olvidado y marginado de una
tradición literaria, operación de lectura ésta que a su
vez podría ubicarse como no lejana a las posibiliddaes de una jouissance bartheana.
Obras
citadas
Alonso, Carlos. The Spanish American
Regional Novel: Modernity and Autochthony. Cambridge: Cambridge UP, 1990.
Cárrega, Hemilce. Las novelas argentinas de Carlos María
Ocantos. Buenos
Aires: Febra, 1986.
Darío, Rubén. “La novela
americana en España.” Obras completas. tomo 2. Madrid: Afrodisio
Aguado, 1950. 1136–45. 5 tomos.
González, Aníbal. Journalism
and the Development of Spanish American narrative. Cambridge: Cambridge UP, 1993.
Gutiérrez Girardot, Rafael. Modernismo:
Supuestos históricos y culturales. México: Fondo de Cultura
Económica, 1988.
Lichtblau, Myron. The Argentine Novel in
the Nineteenth Century. New York: Hispanic Institute, 1959.
Morales, Carlos Javier. Julián
Martel y la novela naturalista argentina. Logroño: Universidad de La Rioja,
1997.
Ocantos, Carlos María. Fru Jenny:
Seis novelas danesas. Paris: Bouret, 1915.
[1]El juicio lo formula Darío, casi al pasar, en “La novela americana en España” (1140) cuando, a propósito de una anunciada colección de novelas americanas proyectada por Pereda pasa rápida revista a la narrativa moderna del continente.
[2]Luego de su jubilación del cuerpo diplomático argentino y hasta su muerte en 1949, Ocantos reside permanentemente en Madrid.
[3]El ejemplo procede de Misia Jeromita (1898) y está señalado por Cárrega (107–08).
[4]Véase al respecto González 97–98.